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La Forma del Mundo
de Teódulo López Meléndez
por Jorje Alejandro Lagos Nilsson poeta
y novelista cileno-argentino


Teódulo López Meléndez: violador y asesino del tiempo real
por Eva Feld, palabras pronunciadas durante la presentación del libro

Otro más, es decir: un nuevo libro de Teódulo López Meléndez
no sorprende. No es escritor de un libro al año, podría
serlo de dos. La última publicación de Ala de Cuervo,
editorial caraqueña. La Forma del mundo completa -vaya, en un escritor como él las cosas nunca se completan: abren camino a otras cosas-, pero aceptémoslo en forma tentativa, completa, decíamos, una trilogía inclasificable. El poeta,
el traductor de poetas, el biógrafo de poetas, de pronto se pone la casaca de autor de novelas fantásticas. Selinunte, 1997, y El efímero paso de la eternidad, 1998, preceden a esta Forma del mundo. ¡Bah!, dirá alguno, no es extraño que
los poetas escriban fantasía, al fin y al cabo viven en un mundo irreal.
Cabría entonces precisar que las tres novelas mencionadas no son escritura fantástica. En cuanto a la irrealidad, sus brutales manifestaciones se aprecian en los periódicos a diario. Sucede que TLM es un moralista de viejo cuño. Entre los pescadores, obreros, cobradores de impuestos, putas -y más allá del pueblo elegido- encontró, dicen, el Señor con quienes firmar el nuevo pacto. De otra manera -no se siente Dios, aprendió con Huidobro que el poeta es apenas un pequeño dios- López Meléndez también busca religar la especie al Cosmos; para hacerlo encontró un sexto elemento que agregar a la vieja Tradición hermética china. El suyo es la historia no escrita por no vivida. Aún.
Porque de eso trata la trilogía. De las relaciones de los seres humanos consigo mismos. De estas relaciones, se sabe, dependerá el lugar que ocupen en el Cosmos. Cada Hombre una
estrella, es una antigua enseñanza. Cada estrella es una Historia, dice TLM. También sabemos que la historia de las cosas es una sucesión de secretos mal develados y de intereses que se ocultaron sin talento. Por ello los personajes -no en vano el protagonismo se reparte entre tres- a veces no son ellos mismos, sino sus réplicas, sus pesadillas, sus deseos.
Lo exotérico y lo esotérico
¡Qué fácil -y qué falso- decir que son novelas fantásticas enmarcadas por un futuro remoto! Como Karl Jung, pero en otros temas, también TLM encontró una piedra en su camino.
Encontró al anciano con un farol, el mismo de los Arcanos Mayores del Tarot y como el maestro alemán se dispuso a seguir la luz bamboleante. Nombres de la alquimia, imágenes más próximas Evola que a Crowley, pero más cercanos a
Crowley que a von Agrippa pueblan los libros a los que nos referimos. En realidad la obra de TLM de los últimos 10 años, en poesía
como en prosa, no se comprende sino desde el hermetismo filosófico. La portada de La forma del mundo lo dice sin necesidad de apelar a un diseño multicolorido. El mundo se representa como un huevo. ¿Quiere decir esto que TLM ha
escrito un tratado esotérico (oculto), para ser descifrarlo por un iniciado? ¿Es López Meléndez un iniciado? Acaso la pregunta a formular sea otra: ¿fueron estas tres novelas concretas y brillantes escritas a partir de lo poco que se conserva de la filosofía hermética o, por el contrario, constituyen un mero trabajo de futurología exotérica?
¿Poseen un mensaje oculto o no? Un maestro del esoterismo en los tiempos de los gnósticos dijo ue el conocimiento verdadero estaba reservado sólo para los iniciados, pero que aquellos que supieran de su existencia, aun cuando eran incapaces de comprenderlo, por esa sola razón, ya tenían segurada buena parte de su salvación.
Pensamos que TLM no frecuenta a los elementales de la naturaleza, ningún dato biográfico suyo -abogado, profesor universitario, diplomático- permite suponer el viaje iniciático ni el duro período del aprendizaje. Su cultura es exotérica. Es una persona "normal", no un mago ni un alquimista. Probablemente las referencias , que no son
pocas, a lo que algunos denominan la Tradición Hermética
Occidental en estas tres novelas se deban a la utilización de sus lecturas sobre estos temas en calidad recursos literarios válidos. No sería el primero en hacerlo. Lo hizo Eco, para no ir más lejos. Hay, sin embargo, una diferencia.
Eco plantea un juego racional. TLM se involucra. El péndulo de Fucault es, sin duda, una gran novela, una estupenda novela, una novela fatalmente condenada al olvido. Cruzar la brillantez escueta y barroca de la trilogía lópezmelendiana, en cambio, es quedar atrapado.
¿Por qué, entonces, hablar de lo esotérico? Por una razón sencilla: la intuición del poeta guió al novelista, le acomodó los símbolos secretos, plantó los signos del recorrido de la iniciación y planteó el problema que
intentamos exponer en estas líneas. Que cada quien realice su propio viaje y llegue a la costa que le espera.

La editorial Ala de cuervo, les da la más cordial bienvenida a la presentación de la novela del Escritor Teódulo López Meléndez, titulada La forma del mundo, nuestra tercera entrega en este primer año de existencia, cuando ratificamos la consigna de publicar libros como éste, al margen del afán editorial que da preferencia a la literatura de la inmediatez.
Quiero pensar por un momento que presento a un reo, a un violador, a un asaltante. A un trasgresor que ha pedido asumir su propia defensa y convertirme, en consecuencia, yo, su editora, en fiscal acusador.

Sólo así, mediante la dialéctica y a través de la tensión que producen las ideas encontradas, demostrarles en pocas palabras que hubo móvil, alevosía, premeditación y sano juicio en la selección del argumento, en la confluencia de los personajes y en el envenenamiento del lenguaje, principal protagonista de los sucesos que llevaron a Teódulo López Meléndez al asesinato del tiempo real, de la lógica aristotélica, de la identidad unívoca y de la hilaridad. Y digo que hubo premeditación y complicidad pues se puede constatar que mucho antes que él, T. S. Eliot asestó tan rudo golpe en el concepto y a la palabra Tiempo que muchos escritores se han visto forzados a reencarnarlos.
De ese modo leemos a diario, en revistas especializadas, entrevistas con exitosos escritores cubanos o españoles, chinos, anceses o estadounidenses que se nutren de sus realidades emporales para plasmar en sus novelas un recuerdo o un reflejo de la cotidianidad. Varios aluden a las comiquitas de la televisión, otros a las situaciones políticas o sociales que apremian al ser humano bajo regímenes dictatoriales, otros urden utopías para avizorar el futuro o ucronías para hurgar en el pasado. El convencional Tiempo redimido ha permitido revertir el papel de la literatura, de manera que si antes el cine y la televisión y hasta en cierto modo la pintura y la arquitectura se nutrían en las imágenes visionarias que describían los escritores, ahora son los escritores quienes escriben guiones basados en las imágenes audiovisuales omnímodas, convirtiendo a los lectores en tácitos directores de películas subliminales.
Hasta que de pronto, como ahora, un Escritor se yergue para demostrar que ser producto de su propio tiempo equivale a ser producto de todos los tiempos. Retoma el filo de T. S. Eliot y mata a sangre fría. El tiempo unívoco yace ensangrentado en las páginas que nos entrega López Meléndez, mientras nos echa en cara, con soberbia altanería, que el tiempo actual es el de la genética, que el memento es el de la clonación y ésta se cuela no sólo en el argumento anecdótico de la novela, sino también en su estructura.
Conocido a lo largo de una veintena de libros anteriores como un escritor elíptico, en ésta, su tercera novela, de lo que puede considerarse una trilogía, López Meléndez se rebasa: una doble elipse, como las que conforman el ADN une y trama a los cuatro personajes y a sus respectivos clones, como se conectan las enzimas en la doble hélice molecular. Si en su primera novela, titulada Selinunte (ULA, Mérida, 1996) el hombre se extrovierte hacia el espacio sideral para repetirse elípticamente en su sempiterna condición humana y si en su segunda novela, El efímero paso de la eternidad (Memorias de Altagracia 1998), la introspección lo conduce a escarbar a la
manera romántica las vísceras de una mujer para hallar en el fin su propio comienzo, en esta tercera novela, ambas hélices, la externa como la interna, congenian en la creación genética de otro hombre y otro tiempo: Siempre entrelazadas, interdependientes, simbióticas, cabezas de hidra, decapitándose mutuamente en lacerante homicidio perpetuo.
 

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