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Más allá de la derrota


José Luis Rodríguez García. El ángel vencido. Madrid, Huerga & Fierro, 2001, 345 págs.

Por Luis Beltrán Almería


La obra de J. L. Rodríguez ha transcurrido por géneros que van desde la poesía al ensayo, pasando por el relato y la novela. Domina esta obra un espíritu hermético que le ha dado un carácter minoritario. Su último libro, El ángel vencido, trasciende esa orientación minoritaria y es, sin duda, su mejor obra, una gran novela. Es una novela histórica, pero es también algo más. Es novela histórica en cuanto gira en torno al drama existencial de un personaje histórico, el implacable predicador Girolamo Savonarola y su ascenso y caída. Pero esta obra guarda una prudencial distancia con el género de la novela histórica.
Esta novela es sobre todo una reflexión sobre el fracaso de la utopía, los peligros del dogmatismo y del autoritarismo y, por último, de la locura que la vía utópica suele llevar aparejados cuando se decide a optar por el poder con el voluntarismo como arma decisiva. Esa reflexión no se limita al relato de unos hechos extraordinarios. El estilo también contribuye a la tarea. El narrador-testigo de esos sucesos extraordinarios los recoge del espejo al que Savonarola se enfrenta en su última noche en la celda del Bargello. El discurso de la novela es a la vez una rendición de cuentas posibilitada por el carácter especular del relato y un informe que pasa de generación en generación gracias, entre otros, a un judío errante, que no es otra cosa que la imagen de la resurrección del propio Savonarola, un hombre que no puede morir. De esta forma la reflexión-rendición de cuentas supera la forma dramática de la biografía del predicador ferrarense, para ofrecer no el apocalipsis sino la salvación. Más que la denuncia de un mundo corrupto para el que no caben soluciones, esta novela testimonia la esperanza en la fuerza trasformadora del género humano, que no renuncia a las mayores tareas pese a las derrotas.
J. L. Rodríguez se ocupó ya de Savonarola en un poema recogido en el poemario Luz de Géminis, de 1992. Allí el poema no sobrepasa la forma dramática. El poemario exponía una estética hermética: la lucha entre el crepúsculo y el alba, la serenidad y la furia, la noche y el sol. Esa estética hermética está también en El ángel vencido, en sus símbolos: el espejo, el judío errante, el ahorcado y la hoguera, los prodigios del nacimiento, y sobre todo en la figura del propio Savonarola y su lucha a muerte con el poder. El recurso al hermetismo no es nuevo en la obra de Rodríguez García. Además de sus poemarios -como Luz de Géminis y En la noche más transparente-, sus novelas han llevado el sello de esa misma estética incluso en sus expresivos títulos: Manos negras, Al final de la noche...
Pero el hermetismo está aquí superado por una reflexión que va más allá de los límites de una época, que no se orienta a la sublimación de las debilidades ni de la derrota de la utopía, que se funda en la inmensidad del espacio y del tiempo de las generaciones y de las grandes tareas humanas, y que es capaz de percibir esa inmensidad y de rentabilizarla generosamente. Esa reflexión se basa en una confianza renovada en las posibilidades y necesidades reales del género humano, que responden a exigencias de la naturaleza y son inseparables de la naturaleza humana. Y eso es lo que viene a expresar el último capítulo de la novela. Tales posibilidades, necesidades, exigencias no pueden ser reprimidas ni olvidadas, son tan reales como la naturaleza humana y, por eso, antes o después han de abrirse camino hacia su completa realización. El hombre rebelde, el moralista implacable son figuras que no pueden morir. El judío errante es ese hombre de bien de eterna presencia, pese a su discontinuidad. En suma, el giro a la esperanza supera los límites angustiados del hermetismo. Ese giro está ya prefigurado en las últimas obras de Rodríguez García: Al final de la noche -novela-, Pentateuco para náufragos -poesía- y Fotogramas del diluvio -relatos-. El ángel vencido viene a concluir ese giro, apostando decididamente por la superación de los límites de la derrota y de la muerte. Esta es la lección que viene a ofrecer el Savonarola de J. L. Rodríguez García.

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