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Tres Poetas Herméticos de la Italia del Novecento: historia de unas traducciones
Por Teódulo López Meléndez


Hace más de cinco lustros en una vieja librería de Buenos Aires encontré a Ungaretti,
Montale y a Quasimodo. Comenzó así una relación amorosa con bemoles y trampas. El destino me colocó en Lisboa y a medianoche, rodeado de diccionarios, leía Os Lusiadas de Luis de Camoes en un portugués antiguo que me llevó directamente a la conclusión de que lo mejor para aprender un idioma era recurrir a los poetas. Traduje, así, los poemas inéditos de Fernando Pessoa provocando una tormenta. Se me acusó de desconocer el portugués. Aún no había aprendido la famosa frase italiana de "traduttore, tradittore". Yo no traduje del portugués a Pessoa, lo traduje desde Pessoa. Lo perseguí por Lisboa, fui a beber la dura bebida portuguesa conocida como "bagazo" en el mismo mostrador de A Brasileira donde el gran poeta comenzaba el periplo de la noche, caminé las mismas calles, fui a donde nació y a donde murió.

Supe como respiraba y por eso lo traduje. Lo llamé versión, porque, como me demostraría después el proverbio italiano, la verdad es que sólo un poeta puede traducir a un poeta y que el traductor está reescribiendo el poema traducido.

Llegué a Italia sin saber decir "ciao". Lo aprendí, el italiano, con Montale, con Quasimodo y con Ungaretti, con Moravia, con Pavese y hasta con el Dante. Con toda la maravillosa literatura italiana. Así comencé a leerlos en el original y a darme cuenta de que las viejas traducciones compradas lustros atrás en Buenos Aires no se compadecían con la verdad, que tenían graves errores. Una mañana en las afueras de Roma, bajo una inclemente nevada, tomé la decisión y Salvatore Quasimodo, el poeta de la isla convertida en país inocente, se me planteó como primer problema. Había giros sicilianos y griegos en aquella poesía, pero armado de gruesos diccionarios también desentrañé aquellas palabras. Siguió Ungaretti y ya había descubierto que era la poesía hermética lo que me interesaba. Finalmente entré con Montale, reconociendo su grandeza. Al mismo tiempo investigaba sobre los tres, anotaba mis propias conclusiones, y escribía los ensayos que ahora pueden verse en Ameritalia. Son los tres grandes poetas herméticos del siglo XX italiano.

Años después le ofrecí la publicación a las oficinas culturales de la Embajada italiana en Caracas y se me contestó que el Ministerio de los Asuntos Exteriores en Roma tenía una partida presupuestaria para tales fines y que la consulta era obligatoria. El burócrata romano que me tocó en suerte respondió que ese trabajo de traducción ya estaba hecho en Argentina. Jamás se enteraría de que me puse a traducirlos precisamente por lo malo de aquéllas versiones. Menos se enteraría el burócrata de marras que prácticamente cada año salen traducciones de algunos de mis tres amigos italianos y nadie argumenta que "ese trabajo ya está hecho".

Cada traductor hace su propia versión y tiene su propio método. Traducir poesía es una de las tareas más difíciles que se pueden enfrentar. Hay que conocer perfectamente al traducido, sus creencias, su modo de vida, sus giros específicos en el idioma, hasta su carácter. Es este mi método: traduzco no del idioma, traduzco desde el poeta. También admito que con profundo respeto por el traducido es inevitable que el resultado en español al fin y al cabo sea un poema a cuatro manos, escrito por mí y por el traducido. En otras palabras, este es "mi" Ungaretti, este es "mi" Montale, este es "mi" Quasimodo.
Diría que menos mal que es así. Si un traductor es un traidor, al menos que su traición se alce como creación y no como falsificación. Vaya ahora a la biblioteca de Ameritalia y enfrente a estos tres grandes poetas universales de lengua italiana y sobre esos textos recree poesía. Los tres estarán felices si usted lo hace.

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